martes, 23 de septiembre de 2014

SEXUALIDAD, MATERNIDAD, PATERNIDAD Y TRABAJO

PARTE I 

     Del trabajo acerca de las competencias para empleabilidad y ciudadanía, presento la primera parte de esta hoja de trabajo que todo maestro, padre y joven deberían compartir.
     Hasta bien avanzado el siglo XX, el pasaje a la adultez estuvo definido para los varones por el acceso al trabajo productivo y, para las mujeres, por la maternidad  o trabajo reproductivo y/o por el matrimonio. Asimismo, mientras la tenencia de un hijo para los varones, si no se producía en el marco del matrimonio, no necesariamente le significaba responsabilidad, hacerse cargo, vivir con él sino que era valorada o justificada por su derecho al ejercicio de su sexualidad, para las mujeres era sinónimo de vida dedicada y comprometida con su cuidado.
     Hoy esta concepción ha evolucionado mucho aunque, para una muy significativa proporción de la población masculina, estos patrones de comportamiento siguen vigentes y también persiste una clara diferencia en la condena social, cuando quién se desentiende de los/as hijos es un varón que cuando lo hace una mujer. Combatir estas concepciones, es un compromiso de todas y todos.
     Dar vida es un hecho de la mayor trascendencia y por ello implica una responsabilidad que debe ser asumida tanto por los varones como por las mujeres y, por su parte, la sociedad y los estados deben hacer posible ofrecer las condiciones, mediante las políticas, para que ambos la asuman sin que ello signifique comprometer o cercenar su desarrollo personal y laboral. Entre las múltiples políticas necesarias y posibles, la educación para una paternidad y una maternidad responsable, segura y producto de una decisión madura no puede faltar.
     Si bien varones y mujeres deben ser igualmente responsables en el ejercicio de su sexualidad, es innegable que para las mujeres los impactos de la  desatención son muchísimas más graves. La maternidad, especialmente adolescente y juvenil, es determinante respecto a las posibilidades de elegir libremente su proyecto de vida así como de insertarse laboralmente. En nuestra región la correlación entre maternidad temprana y pobreza es altísima. El 25% de las latinoamericanas son madres antes de cumplir 20 años y, mientras que entre los grupos socioeconómicos de mayores ingresos, menos de un 5% de jóvenes mujeres han sido madres a los 17 años, entre los grupos de menores ingresos, la incidencia alcanza entre un 20% y un 35% de las jóvenes, dependiendo del país. Esto es especialmente preocupante porque incluye “un alto porcentaje de casos no deseados, presenta mayores riesgos de salud reproductiva que en madres de edades mayores, y genera además círculos viciosos de exclusión de una generación a la siguiente, dado que la mayoría de las madres adolescentes son pobres, de escasa educación y con altas posibilidades de constituir hogares monoparentales, sin redes de protección ni promoción sociales (reflejando) falta de acceso a derechos reproductivos y a la igualdad de oportunidades” (OIT , Juventud y trabajo decente en América Latina, 2010)
     Otro aspecto a tener presente en esta cuestión es la relación entre maternidad temprana y retraso o abandono de los estudios y de los proyectos de vida, para asumir esta nueva responsabilidad, lo que claramente aumenta las  probabilidades de transmisión intergeneracional de la pobreza. Si bien se necesitan más investigaciones para responder con seguridad si estas jóvenes obtienen bajos logros a raíz de la maternidad temprana o si ésta es consecuencia del bajo nivel educativo, no hay duda sobre la correlación entre ambas cuestiones y sobre la fuerte incidencia que tienen en la cristalización de los roles tradicionales. En América Latina casi el 30% de las mujeres jóvenes que no estudian no trabajan remuneradamente, realizan únicamente tareas domésticas y se ocupan de las responsabilidades familiares, mientras que en el caso de los jóvenes que no estudian ni trabajan, ninguno realiza quehaceres domésticos. Esta situación las impulsa a volcarse a matrimonios o uniones tempranas, cambiando un hogar pobre por otro y a visualizar la maternidad como un camino para la adultez o para “poseer algo propio”, escapando de la dependencia de la condición de hija, en especial cuando pertenecen a hogares conflictivos, desestructurados, con problemática de violencia, etc.

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